Sucesión del disentimiento de las cosas, por Juan Sebastián Guerrero

“(…) después de haber estado en el Putumayo, y es que en un primer momento, las relaciones que se dan con las personas deben fluir desde el querer conocer al otro (…)”

Salir a un lugar tan distinto a lo que acostumbro  habitar me hace pensar que cuando se vive algo que nada tiene que ver con lo cercano, el repensar es una necesidad que nace de la experiencia vivida de algo que, quizá, puede ser una experiencia nunca antes vivenciada hasta el momento de llegar a los lugares que estaban planeados en la salida, o por lo menos hablándolo en lo personal. El acercarse a las cosas en esos espacios parece ser un juego de prejuicios donde, a mi modo de ver, intento enmarcar lo que acontece ahí, bajo mi propio entendimiento, pero que realmente se trata de una escucha sensible a lo que se da ahí, y no de lo que preconcibo al llegar a un lugar sin haberlo habitado. Con escuchar no me refiero a escuchar lo que yo quiero oír sobre determinados temas, sino de que esas cosas hablen por sí solas para que se me facilite la comprensión de la información que se puede ir obteniendo a medida que se vive estando ahí.

A raíz de esto hay ciertas cosas que pienso después de haber estado en el Putumayo, y es que en un primer momento, las relaciones que se dan con las personas deben fluir desde el querer conocer al otro, pues en varios casos, el interés por lo desconocido es la razón principal para abrirse al diálogo que nos permite entender lo que sucede en la psicología del otro y ésta en relación al espacio que habita. En muchos casos no fui yo quien estableció la conversación, en muchos casos también fueron ellos quienes se interesaron por nosotros y en el querer saber qué hacíamos ahí. En muchos casos noté que existen intereses de saber de la vida del otro, y que independientemente del tema a tratar en la conversación, la misma conversación termina por fluir en una gran cantidad de temas, incluso muy delicados, como lo es el caso de la existencia de Dios o el duelo con la muerte.

Entendí que hay personas que viven de formas diferentes, personas que prefieren llevar una vida más espiritual, antes que trabajar por buscar grandes lujos o lo que parecen ser mejores formas de vida, también me hicieron caer en cuenta que en esa zona quien no se adapta al río, este termina por llevárselo, pues una cosa es la adaptación que tiene el indígena con el suelo y otra muy diferente el del citadino de Mocoa.

Estando ahí, uno se da cuenta que así como hay cosas que nos separan, el interés de conocer al otro se da por el simple hecho de querer saber si existen cosas en común, en entender que ambos sabemos algo, independientemente de los espacios que habitemos. Me topé con escritores, con malabaristas, con ingenieros petroleros, con personas que sobreviven al rio, con personas que quieren ser reconocidas, con personas que ganan mejor que un profesional sólo tendiendo camas… en fin, hasta caballos callejeros que te muerden si te les acercas, y lo más enriquecedor de toparse con todos estos seres, es el entender las lógicas que hay en estos espacios, en los cuales nada parece cumplir con la coherencia de lo teórico, en últimas terminé pensando que lo teórico muchas veces puede terminar siendo un idealismo, una ilusión de creer que las cosas son de una manera y no de otra; no obstante, como persona que reflexiona sobre los fenómenos que se presentan en la realidad, pienso que una conciencia de la realidad se tiene más clara si nos ponemos en la tarea de entender esos desconocimientos que bajo la lógica del contexto parecen tener mucho sentido, pero que para la lógica académica, o por lo menos la mía, nada tiene que ver con lo vivido ahí.

No digo tampoco con esto que no existan puntos de conexión, no, tampoco se trata de eso, pero realmente creer que toda la ciencia es aplicable a todos los lugares es estar sesgado, creer, por ejemplo, que todos los ecosistemas se comportan igual, cuando, en un lugar tan húmedo como lo es el Putumayo, la delicadeza del vivir ahí se vuelve un hábito, es sutil el trato con el entorno, pues es geológicamente un lugar muy inestable, y es por ese motivo que es mejor adaptarse a esos cuidados del saber dónde se están asentando las cosas.

Creo que hace falta un apoyo de la escucha, de trabajar voluntariamente y conjuntamente con estas personas, para establecer y determinar mejor académicamente lo que sucede en estos lugares bajo los términos que ellos quieran establecer y bajo los conceptos que mejor representen lo que se quiere dar a entender, pues por más de que en el fondo de la cultura que habita ahí existan lógicas y determinaciones claras, realmente no se encuentran estables, ya que son personas muy diferentes las que habitan esos lugares, pues bien diferentes sí son los colonos, los afro, los indígenas y los campesinos que viven ahí, todos con lógicas y entendimientos del espacio muy diferentes entre sí, a pesar de estar justo al lado, en el mismo territorio inestable.

Para ir finalizando, creo que fue un viaje de encantos y desencantos, pues me dejó emocionado y frustrado a la vez por la clase de filosofía experimental, pues me frustró porque creo que a la gente no le gusta que le califiquen sus fundamentos morales, y también creo que la determinación con la que la reflexión puede intentar expresar un hecho es algo tonto para la filosofía, por ahora en algunos aspectos,  y es que, ya entrando en la emocionalidad ¿qué se pretende con reconocer reflexiones de las experiencias de una persona , si es que nada de lo que se pueda pensar sobre un contexto es determinante en su totalidad?, ¿por qué no abrumarnos con las dudas que se presentan en los diferentes lugares y con las personas del cotidiano, y de qué sirve la filosofía de salón y de los grandes autores? Volviendo a la frustración, siento como si la filosofía sólo pudiese hablar de la comprensión de los conceptos que se generan de las abstracciones del aparente entendimiento de las cosas, y me avergüenza pensar que no se quiera correr el riesgo del no entender nada en un primer momento. Los códigos lingüísticos de los lugares, de los tiempos, de la educación, etc., son muy diferentes todos, y ¿qué tal si la filosofía se comprende mejor desde el sistema complejo que se vive en la realidad, y hasta dónde aquellas conceptualizaciones de las cosas son válidas para quiénes y en qué lugares?, pues varias veces sentía que las personas me respondían las cosas ideales que yo quería escuchar, y no la sinceridad del juicio con la que esas personas realmente habitúan su ser estando ahí.

Por otro lado, y en paralelo con la emoción y la frustración, creo que soy una persona enamoradiza, pues a pesar de que nada puedo decir de esa persona, se siente la frustración de que nada haya sucedido con ella, habiéndonos entendido bien hasta cierto punto, muchas veces el que nada haya sucedido se debe a que mis cambios temperamentales se dan sin razón alguna, mostrándome como un bicho raro ante ella, y es esto el principal problema que perjudica la relación con ella.

Viendo todo esto bajo estos dos temperamentos que sentía estando ahí, me di cuenta también que quizá yo hago que me gusten las personas, bien sea por amor, bien sea por el interés de conocerlos, y esto con el fin de lo que se sigue a esto, es decir, al desencantamiento, quizá suene masoquista, pero realmente es simple, quizá sea amor al sufrimiento, al no entender nada de lo que hago, a que las cosas me sigan sorprendiendo, al terrible vacío de toparse con uno mismo cuando sin darse cuenta, se ve uno en un espejo de misterios sin respuesta, sin alguna sensación de fortaleza estable, de creer que el propio pensamiento es una razón de seguir creyendo en el absurdo vivir de celos, de amistades transitorias, de marinero que se hunde en una barca llena de agujeros.

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