RAUDALES DE VIDA, por Omar Andrés Ortíz

“(…) no se trataba simplemente de viajar sino de velar por un interés del grupo, no actuar individualmente sino de ir por el camino juntos, juntas, acompañándonos (…)”

Hay muchas perspectivas desde las cuales podría hablar de la salida de campo al Putumayo con todo el grupo de ciencias sociales y humanas. Incluso, creo necesario tener presente que sin el conductor que nos llevó a cada sitio, nuestra salida no hubiese sido la misma. Se le notaba que tenía bastante experiencia recorriendo caminos que apenas yo empezaba a conocer. En verdad, resulta difícil, pero reconozco que no soy bueno recorriendo caminos. Me resulta arduo me dejo llevar por el camino, pero no utópico. Sin embargo, creo que este es un problema muy serio cuando se trata de conocer esos lugares que añoro desde la ciudad, lugares en los que lo importante no es sólo ese beneficio personal que haz en viajar, sino que además es un encuentro con amigos, colegas, personas nuevas, incertidumbres y reencontrarme con esos espacios amplios, colectivos llenos de bondades, vicisitudes y de esos caminos que no tuve oportunidad de conocer quién sabe por qué.

 

Es decir, no se trataba simplemente de viajar sino de velar por un interés del grupo, no actuar individualmente sino de ir por el camino juntos, juntas, acompañándonos, conscientemente de que no voy solo y que anduve con personas con las cuales irremediablemente generaría lazos afectivos, bien sea debido a las circunstancias, a mi temperamento, al propósito de aprender a trabajar en comunidad, sea cual sea el punto, es necesario disfrutar el camino que sin trecho recorrimos entre todos.

 

Y no me refiero a que la cosas hayan ido mal, de hecho, creo que sucedieron de una manera muy fructífera. Ante todo, creo que el trabajo que realizamos juntos fue muy gratificante, muy nutritivo, muy bondadoso en tantos aspectos personales, profesionales y sobre todo sociales y de esta humanidad que necesita tanto reencontrarse con esa parte más intuitiva, selvática, raudal… Y quiero hacer énfasis en lo social. A lo que me refiero es que el principal motivo que tuve o que en general como una expectativa muy mía de participar en salidas de campo es el aspecto de la sociabilidad. Aspecto que relaciono tanto en el entorno interno del grupo como en el externo, es decir, tanto entre las personas que estábamos allí como de nosotros con las poblaciones, zonas, caminos, lugares visitados.

 

Y, rememorando cómo están las discusiones sobre lo humano y lo social me resulta necesario aclarar que cuando hablo de lo uno tengo en cuenta al otro. Es decir, desligarme de lo social mientras hablo de lo humano es absurdo y contraproducente. Entre tanto, lo que me lleva a hablar de todo esto es precisamente que durante la segunda socialización que hicimos de las historias que logramos recoger de las personas afectadas por la avalancha de Mocoa del 1 de abril de 2017 y la reciente del 12 de agosto; pues mi ánimo se vio mellado cuando uno de los estudiantes socializó su experiencia en la cual habló con una señora que fue directamente afectada por la avalancha, quien perdió familiares en este suceso. No sé si fue la forma en que contaron la historia o si el hecho de que en la noche anterior viví la experiencia de oír bramar el río luego de una fuerte lluvia, la cual estuvo acompañada de relámpagos que caían tan cerca que se los destellos se veían de un color magenta muy vivo.

 

Recordaba que en la noche anterior hablamos del cambio que pudo haber generado la avalancha en sus habitantes… Su relación con el río había cambiado y lo que antes era la tranquilidad de dormir junto a un río se habría transformado en zozobra, intranquilidad. Eso era algo que se revelaba en muchas de las historias de la gente, una fuerte incertidumbre sobre el futuro y en unas ganas de vivir bastante apagadas. Ya no trabajaban por el futuro sino para sobrevivir a la crueldad del presente. Me pesó mucho conocer esta realidad, esta situación en la que se desconoce cómo relacionarse con esos excesos de aguas que posiblemente, antes se consideraba como algo bueno pero que ahora parece ser una especie de amenaza constante.

 

Comprender eso mismo desde la misma posibilidad de considerar la ausencia, el vacío que genera la misma naturaleza cuando avisa que va a allanar terrenos para sí misma, me invadió de desolación, de esa amargura que pide a gritos un poco de ternura, de esa ternura que fue arrebatada radicalmente pero que sobre todo a mucha gente de otras regiones del país puede resultarle como un suceso de menor consideración debido a que en las noticias dicen que “no fue tan” grave, que “nada más” fueron trecientos los muertos; como quien pretende minimizar lo sucedido acudiendo a cierto interés funcional para no perturbar demasiado la tranquilidad de los colombianos pero que, sin duda alguna, excluye y rechaza un realidad con la cual aún al día de hoy la población de Mocoa debe vivir.

 

Con aquel mismo ímpetu raudal que se asemeja la vida que pasa z que no vuelve sobre sí misma a pesar del desasosiego, la zozobra, las ganas de vivir, la nostalgia y la esperanza, siempre amanece, siempre hay un nuevo día a pesar del abandono estatal, gubernamental, de muchas entidades públicas.  Esa misma fuerza que me cuestionó profundamente en Puerto Limón, un municipio en el que vi, en el puerto, a una persona con muchas planillas sobre un escritorio en lo que parecía una oficina con tan solo dos paredes. Un puerto con una alta probabilidad de inundación, pero este no era el caso, el río sólo había crecido lo suficiente para generar aluviones.

 

Un puerto ubicado a pocos metros de que el río Mocoa encontrase su desembocadura en el río Caquetá. Pero con una multietnicidad que no se vería fácilmente en otro lugar. Población afro, indígena, campesina en un mismo lugar conviviendo. Una convivencia que no está exenta de tensiones entre sus mismos pobladores. Y en la que su historia de minería y petrolífera tienen connotaciones muy peculiares. La minera está prohibida, pero la explotación petrolera no. En aquel río que estaba un poco crecido ya no se encontraba tanta variedad de peces como cuando está más pandito nos contaba una habitante de Puerto Limón. Pero obviamente que cuando el petróleo contamina el río y las laderas de éste, no afecta a una sola población sino a muchas, en distintas proporciones. Allí hubo algunas tensiones que se reflejaron en el trabajo en grupo; fuimos conscientes de ello…

 

Un puerto que es mucho más pequeño que el de Puerto Asís. En Puerto Limón, este parecía estar dividido en dos, uno, el que está disponible para toda la gente y otro que parecía un parqueadero casi privado, o algo así. Intuyo esto porque había una barca sobre mástiles dispuestos en horizontal en plena construcción que hacia juego junto a una máquina de extracción, tecnología que no creo que sea tan de todo el mundo. La distinción no es evidente pero la tensión sí lo fue. Al encuentro salió un señor ya de edad, muy amable, eso sí, tanto con los hombres como con las mujeres. Fue un tipo muy peculiar, sobre todo porque nos avisó que allí habían muchos mosquitos. Tuve que aplicarme repelente como muchos más lo hicieron; mientras estábamos allí, buscamos refugio sobre lo que parecía un quiosco lo bastante grande para cubrir una balsa de 5 metros de larga pero lo suficiente baja como para que la retro-excavadora que estaba allí quedase a la intemperie. Luego de pasa esa lluviecita, retomamos el paso de vuelta a la plaza central. Y aquel señor muy majo nos hablaba de la gente afro y la gente indígena de una forma tan particular que llegó a molestarme.

 

Aunque el Puerto era pequeño, la incomodidad fue enorme. Contrario a lo sucedido en Puerto Asís, donde tuvimos la oportunidad de hablar con un buen señor luego de visitar su puerto. En éste había demasiadas canoas, tanto con motor como sin motor, incluso había ferrys y algunas barcas que parecían ser algún tipo de vivienda improvisada. Tan amplio era allí que incluso se veía una especie de bomba de gas para tanquear. Y el Magdalena espectacular exigía su propio espacio para andar por aquel lugar, al final de cuentas es el agua de estas tierras la que define muchas cosas alrededor de su naturaleza y de la forma en que se da la vida de las poblaciones ribereñas.

 

Sin lugar a dudas, nuestro conductor era uno entre muchos que han recorrido vías colombianas entre las que se cuentan tanto las pavimentadas como las pluviales y, además, aquellas no pavimentadas que son bastantes y que requieren de una experticia particular para recorrer el camino. Esos terrenos hacen parte de esa Colombia, que como en Mocoa, la naturaleza va abriendo paso, va dejando huella y que está constantemente sucediendo si detenerse. Es esa fuerza que se revitaliza en lo andado, en lo reconocido y el últimas en que no siempre es la misma.

 

TRAZANDO HUELLAS: LA SALIDA A CAMPO COMO UNA OPORTUNIDAD PARA EL DIALOGO FILOSÓFICO Elizabeth Motta Ramírez

 

“Resumiendo, la salida de campo reflejó, para mí, que los encuentros con el pensamiento del otro son más ricos si se dan allí donde el pensamiento se “encuentra”: en las calles de los pueblos, en la cerveza con los obreros de las petroleras, con los taitas y gobernadores de los cabildos, es decir en la absoluta publicidad de un pensamiento conjunto…”

Es bueno tener en un viaje una meta hacia la cual dirigirse; en último término, empero, es el viaje mismo lo que importa. Úrsula K.

 

Las huellas pueden contar el camino no solo de los pies sino también del cuerpo y la mente. Viajar al Putumayo marcó tanto mí camino de vida como el experiencial. Atravesar parte del país muestra un trayecto sinuoso y heterogéneo de personas, situaciones y espacios diversos.

Al salir de Bogotá el frío no era tan fuerte como el de otras mañanas, grandes árboles de un verde como la niebla poblaban el paisaje en mayor cantidad del que suele vérselos en las calles de la ciudad. A medida que bajaba la montaña el calor rápidamente se hizo presente, trayendo consigo un verde distinto, un verde como el del pasto y los mangos sin madurar. Al pasar de los andes en Cundinamarca al Tolima, el Huila y sus valles lejanos de las montañas, la forma en la que viven las personas comienza a verse distinta. El calor se pega en la piel y las botas abochornaban los pies, los valles largos de cultivos, algodón, arroz parecen traer consigo trabajos distintos y los hombres descansan no con tinto sino en los pórticos charlando el calor en pantaloneta.

Cada paso señalaba como, poco a poco, la relación entre el espacio, las condiciones y la gente modifican el habitar y la organización. El frio de Bogotá, la templada Timana, el frio de una selva andina y la increíble humedad y calor de la selva amazónica mostraba desde casas apañuscadas en un edificio, a fincas de hectáreas y casas elevadas en madera para adaptarse a los ríos. Las reservas del cauca, con bellos Ríos turbios, poco a poco se interconectaba con la vegetación densa de la selva del Putumayo. Unos ríos alimentaban y ensanchaban a otros y así atiborrados bajaban tranquilos su camino. Todas estas relaciones me hicieron pensar en el dialogo natural que se da entre lo diverso de la vegetación, de la gente y los poblados. Y es en este punto que sentí la filosofía presente a mi lado.

Pienso el diálogo como un encuentro que no busca ni enfrentar opiniones y argumentos, como ocurre en el debate, ni tampoco como una comunicación exenta de dirección como sucede en una charla. Mas bien, le veo como un hilo conductor que permite la apertura hacia nuevas visiones y perspectivas. El dialogo permite cuestiones de todo tipo, en el ejercicio de un pensamiento grupal, en el que cada aportación aviva la interacción como si de una llama se tratara. Se da así el encuentro con el pensamiento del otro.

Sin duda esta interacción enriquece el pensamiento filosófico y creo que ningún filosofo lo negaría. Creo que el problema que tenemos no es sobre ignorar la importancia, sino el hecho de que hemos monopolizado el encuentro con el otro para grupos sociales que se parecen en gran medida a nuestra forma propia de pensar. Discutimos nuestras posturas con otros filósofos o con personas que cargan una historia experiencial de vida similar a la nuestra, teorizando sobre aquello que nosotros mismos, en muchos casos, no somos quienes lo vivimos.

¿Qué puede decir un filósofo de las organizaciones indígenas Ingas del putumayo, su relación con el espacio, sus procesos de titulación comunitaria de tierras, la convivencia con hermanos Yanaconas y Cofanes? ¿o su sentir de comunidad accidentalmente integrada a una nación llamada Colombia? O, por otra parte, ¿Qué tiene que decir un filósofo de una avalancha que se llevó a medio pueblo? ¿Qué decir de un pueblo en el que las personas lidian cada día con el miedo, pero la persistencia de habitar espacios de alto riesgo o una comunidad históricamente involucrada en la explotación, a la que le cambiaron el oro por el petróleo?

Pocos nos llamarían a hablar, ya bien consideran al filósofo como un ente no activo en su sociedad. Sin embargo, esta salida de campo me ha mostrado (como filosofa) que, por el contrario, por decir hay mucho. Son estas comunidades quienes viven las categorías humanas de las que tiene por analizar la mirada sutil del filósofo. Están traducidas a la vida: la justicia, la moral, la política, la intersubjetividad, la estética, la mujer, etc

Sin duda, volviendo a la discusión sobre el dialogo, en él se conserva, más o menos conscientemente, la vida en la que se presenta el pensamiento y se entrecruzan las ideas. La salida me llevó a pensar que la filosofía no puede venir de un monologo interno o un dialogo teórico con el que piensa similar a mí. La filosofía se debe arrancar desde la raíz misma de la comunidad y de sus problemas como comunidad. Es el diálogo el que nos hila ese camino, la salida de campo, para el filósofo, conlleva el diálogo como una pedagogía de los trazos y las huellas que han de seguirse al reflexionar.

Resumiendo, la salida de campo reflejó, para mí, que los encuentros con el pensamiento del otro son más ricos si se dan allí donde el pensamiento se “encuentra”: en las calles de los pueblos, en la cerveza con los obreros de las petroleras, con los taitas y gobernadores de los cabildos, es decir en la absoluta publicidad de un pensamiento conjunto.  Una filosofía que nace discutida nace humanizada y enriquecida por la solidaridad de la sociedad que refleja y de la que se alimenta.

¿Qué se preguntan los filósofos sobre Colombia?

SEMANA le preguntó a cinco pensadores colombianos sobre sus preocupaciones actuales. Política, conflicto y corrupción, las más comunes.

Lea la entrevista completa en el siguiente enlace:

https://www.semana.com/cultura/articulo/el-vii-congreso-colombiano-de-filosofia-en-bucaramanga-reunio-a-los-filosofos-mas-importantes-del-pais/579789

Conversatorio de Filosofía ¿Economía política posmarxista?

PROFESOR : ANDERS FJELD

Posdoctorante, CriDIS, Universidad Católica de Lovaina, Bélgica

Investigador, LCSP, Universidad París 7, Francia

Miércoles 10 de octubre

Hora; 2:30 4:30 P.M

Lugar: Edificio E-103

Entrada Libre

Filosofía: Universidad Externado- Universidad de los Andes

filosofia@uexternado.edu.co | http://sociales.uexternado.edu.co/filosofia

Abstract: Pensar una economía política posmarxista implica confrontar los elementos “ortodoxos” de la herencia de Marx -y la manera que han sido reactualizados dentro de la tradición marxista- con el objetivo de repensar, dentro de la economía política, elementos “marxistas” que, me parece, han sido excluidos de las teorías heterodoxas: subjetivación política, apertura histórica, centralidad del conflicto democrático y una idea fuerte de la emancipación que se mantiene a los bordes del capital. Propondré la hipótesis que el desarrollo teórico de una economía política específicamente posmarxista ha quedado atrapado entre, por un lado, una filosofía política que ha sabido reinventar nuevas teorías políticas a través del rechazo de elementos ortodoxos del marxismo sin por lo tanto prolongar la reflexión hacia el análisis económico y, por el otro, críticas heterodoxas en la economía política que no han “reintegrado” tales elementos marxistas más allá de su fundamento ortodoxo. Para desarrollar esta hipótesis, propondré distinguir el posmarxismo a la vez del marxismo clásico y del neo marxismo. El neo marxismo, según la definición que propongo, reactualiza elementos ortodoxos y me parece caracterizar en gran parte el estado de la tradición marxista hoy.

El esporádico andar por las fronteras del filosofar, por Juan Pablo Fernández Ballén

“La riqueza del ingrediente territorial a primera mano para comunicarse directamente con los espacios de poblamiento y observar sus dinámicas cotidianas, se me presentó revelándose como una herramienta fundamental…”

Mi experiencia de campo como estudiante de filosofía en este viaje terrestre hasta Puerto Asís en Putumayo determinó un enriquecimiento geográfico que internalicé de diferentes maneras e intensidades. La riqueza del ingrediente territorial a primera mano para comunicarse directamente con los espacios de poblamiento y observar sus dinámicas cotidianas, se me presentó revelándose como una herramienta fundamental, y si no necesaria, para la validación y crítica de los contenidos formativos de las asignaturas universitarias.

Dejando de lado el hecho de que me faltó más previsión instrumental a la hora de abordar las problemáticas filosóficas en interacción con las poblaciones en su particular preocupación territorial, pude verme sumergido en la experiencia de muchos conflictos que escaparon de la captura conceptual y que pasaron inestimados. Por ello son conflictos que podrían configurar lo que en periodismo investigativo, supongo, constituye un misterio por resolver pero contenido en las personas detrás de los recintos y en los habitantes de los mismos espacios problemáticos y de acceso complicado. A primera mano tuve el conflicto de cómo los corpus y saberes académicos me estaban sirviendo en el trato personal y procesamiento ético de la información que me podrían brindar en mitad del breve vínculo de integración. Por otra mano pude palpar las preocupaciones locales de cómo los saberes ancestrales se ponían en práctica en el territorio de manera cotidiana y organizada en una planificación centrada en la conservación simbólica y biológica de los entornos habitados. Hasta qué punto, me pregunté, se exigen e idealizan ciertos parámetros de lo que debe ser o tiene que parecer un indígena para poder garantizar el título autónomo de resguardo o cabildo. También me surgió la sospecha de si los saberes ancestrales se excluían del despliegue determinante del establecimiento y si se generan encubrimientos epistémicos o tecnocráticos para las manipulaciones medidas por el interés cuando se abordan proyectos sin ni siquiera considerar las necesidades y oportunidades ofrecidas por las poblaciones. Sobra decir que medité a fondo sobre la desorganización oficial de los espacios, es decir, cuando se desajustan los dispositivos (como en el caso de la consulta previa, o en la participación de las compensaciones y retribuciones por desplazamiento), siguiendo un propósito sistémico, global y hegemónico de la concentración del poder productivo.

Las experiencias importantes que me dejó este acercamiento geográfico incluyen las siguientes menciones personales. La transmisión in situ de la experiencia geográfica por parte del profesor Camilo Domínguez, que nos acompañó durante el viaje de trabajo. La experiencia indígena por parte del taita Pablo y del taita Gabriel así como la comunidad (mujeres y niños) que nos cartografiaron y enseñaron su habitad de territorializaciones. La experiencia geológica por parte del ingeniero Edgar Torres que nos detalló sobre las formaciones y repercusiones volcánicas en la urbanización de Mocoa. La experiencia interdisciplinar de biología, arquitectura y urbanismo en la mesa con personas de Mocoa y una pasante de la Salle en la charla en el OZIP. La experiencia de reconocimiento con las personas a las que preguntamos en la calle, incluyendo las personas que nos atendieron en restaurantes y hoteles.

Por entonces quedaría de último dar voz a al conductor que nos llevó a cada rincón de trocha que atravesamos, los guías que nos relataron y enseñaron, ya sea los orígenes de la tragedia de Mocoa, como también los biólogos de los parques naturales y de conservación que visitamos. En cuanto a mencionar lo que le faltó a la salida de campo, por la cualidad delicada de la población, sería adecuado que nos acompañaran estudiantes de psicología para abordar de alguna manera anticipada las problemáticas inmediatas del trato humano en la ciudad.

En esta medida, mencionadas ya las experiencias más relevantes, una de las enseñanzas que me quedó de conocer diferentes lugares con distintos climas, suelos y culturas fue que la diversidad botánica sobre el suelo representa una infraestructura vegetal. Este sistema viviente se inscribe dentro de una economía y ecología del territorio, en la medida que existe una dependencia inexorable del hombre a recursos primordiales, como el suelo, el aire, el agua y el alimento. Por ejemplo, ciertas plantas evitan que los lechos de los ríos se desborden y ocasionen tragedias sociales, mientras que otras evitan que la montaña sufra deslizamientos de tierra, otros les provee humedad al aire para que llueva mucho y otras nos da nutrientes y energía.

De la misma manera, otra enseñanza fue que las construcciones que hacen parte de la infraestructura de los espacios humanos son producto, de la misma manera que cualquier artefacto, de una tecnología humana (actual y no necesariamente moderna) que implica, por un lado, mucho trabajo y, por otro, una distribución desigual de este. Por lo tanto, un conflicto tecnológico e infraestructural es patente en estas regiones fronterizas: la edificación de las viviendas afectadas por las avalanchas de sedimentos volcánicos se ha hecho informalmente y sin legalidad. Muchos barrios en la marcha pirata fueron urbanizados de manera barata y corrupta al lado de un río con tendencias de inundación muy poco intervenidas mediante preparaciones preventivas, por lo cual la atención a los damnificados ha sido nula y hasta motivo de rapiñas administrativas. En fin, la inestabilidad regional ha estado acompañado con una política sin prevención del riesgo, sino que rentabiliza la ayuda de damnificados.